Amigo imaginario

Yo tenía una figura tutelar, sí. Curiosamente se confundía con la imagen de un demonio. Uno de los peores engendros que habitaban el infierno creado por la incipiente imaginación de un niño atrofiado por la liturgia católica. Él era una sombra. Una figura hecha de contornos, opaca, sin relieve, sin luz. Su silueta se asomaba desde el otro lado de muro del patio velado por las tinieblas. No hacíamos otra cosa que mirarnos.
Todos los niños tienen un amigo imaginario. El mío se llamaba Chom y a veces se aparecía, se materializaba. Se hacía presente en esta imagen constante. Regularmente en sueños. Ahí estaba, Chom, horrorizándome con sus pupilas dilatadas y su cabello de puerco espín. No lo he olvidado. Todavía conjugo los verbos en primera persona del plural. Una mierda. Acá dejo un retrato hablado de él. No soy bueno dibujando, pero se parece un poco.

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