Hoy hablé con mi hija en el mensajero. Luego de intercambiar algunas observaciones sobre la tecnología, de la cual dudamos profundamente ambos, me solicitó que respondiera un cuestionario a la brevedad posible. Acepté el reto. Ella mediría mi capacidad de memoria, de retención. Las preguntas iniciaron con el día en que murió Benito Juárez, el origen de la Batalla de Puebla, entre otras más de orden histórico. La muy taimada, no solo ponía a prueba mi memoria, sino que me preparaba para una última y misteriosa pregunta: ¿Cuándo cumplo años yo? Le respondí con exactitud. Fecha exacta y el clima. Antes de que yo contestara ella hacía la onomatopeya del reloj, tic tac, tic tac. Se sorprendió de que lo supiera. Más adelante empezamos a hablar del Calendario Gregoriano, le expliqué por qué matemáticamente era imposible, a pesar de estar tan aferrada a ello, que su cumpleaños cayera sin falta en sábado. Luego nos despedimos. Sí lo recuerdo. Ese día.
Casa de mi madre, sí. Chiles rellenos en el menú obligatorio de la familia Bojvuñ. A punto de probarlos, partirlos y echarlos en mi peculiar boca. Pincho el primero con mi tenedor. Siento las distintas densidades, primero la del vegetal, luego la del queso. Adelante, o abajo, en este caso, el golpe seco y minúsculo del metal con la cerámica emite una vibración que lastima mis oídos. Los pequeños contornos, los apenas perceptibles relieves de las flores que decoran el plato se descubren con el paso del filo. Mi lengua comienza a aletear, y las glándulas salivales hacen lo suyo, imaginan el bocado sobre mis papilas gustativas. Es un hecho, el chile es mío.
Suena el teléfono. La noticia: tu hija ha abandonado el útero, dice el hombre detrás de la bocina. Sí, un hombre, o un intento de hombre, algo con voz gruesa, con tonos de alegría alienígena. Corro. Escucho a mi madre balbucear algo. La ignoro. Corro. A media calle, avanzo a toda velocidad. Una calle, dos, tres. Sigo mi trayectoria. No sé a dónde, pero lo hago. El hospital está a kilómetros de distancia, mi orientación parece adecuada, pero el cálculo de resistencia es una mierda. Comienzo a sudar. Un automóvil me alcanza. Me grita. Jdsmjvoj. Jdsmjvoj vuelve a gritar. Le entiendo. Me dice a mí. Me pide que me suba. Lo hago. Me lleva al hospital, en una máquina que me salvará de morir deshidratado. Dice que mi madre lo envió. Seas quien seas, muchas gracias.
Ahí está. La pequeña, en los brazos de su madre. Envuelta, satisfecha de encontrarse con la luz y el cristalino frío de una sala de hospital. Me acerco a ella. Mira, dice su madre, tiene un lunar en la frente. Entrecierro los ojos, apenas lo noto, o creo notarlo, con la posibilidad que me otorga mi triste daltonismo. Con el índice derecho, a manera de espada, desenfundo, y la señalo. En el centro justamente. Ella tiembla, se estremece. Pasa el tiempo, me echan del hospital. Ahora camino, sin dirección. Lento, absorto.
Se levanta el polvo en círculos concéntricos llevándose a su paso papeles de distintos colores y tamaños que se pierden detrás de los árboles. No sé dónde termino, en el patio de una casa, bebo algo, celebro. Fumo algo, celebro. Un hombre mayor, llamado Lucas, me abraza y escupe pequeñas gotas de su baba sobre mí, mientras dice algo que no entiendo. Está calvo, tiene lentes de pasta, una jersey de algún puñetero equipo de básquetbol y lleva un teclado de computadora en su mano izquierda. Mi estómago hace un leve sonido que me recuerda que no he consumido nada sólido en mucho tiempo. En el fondo de la cocina de mi madre, un chile relleno, mío, está partido en dos y deja ver todo su queso.